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Oncólogos australianos critican la quimioterapia

Ralph Moss, Ph.D. (Newsletter nº 226  del 05-03-2006  - Newsletter del 12-06-2006 ).-  Un importante estudio ha sido publicado recientemente por la revista Clinical Oncology. Este meta-análisis, titulado “La contribución de la quimioterapia citotóxica a la supervivencia de 5 años en adultos con tumores” (The Contribution of Cytotoxic Chemotherapy to 5-year Survival in Adult Malignancies) (documento original en PDF) ha sido realizado para cuantificar cuidadosamente los beneficios del tratamiento quimioterapéutico en adultos afectados por los cánceres más comunes. A pesar de que el estudio ha despertado algo de atención en Australia, país de origen de los autores del mismo, ha sido acogido con un silencio total en el resto del mundo.

Por ejemplo, con frecuencia los oncólogos expresan los beneficios de la quimioterapia en términos de lo que se llama “riesgo relativo”, en lugar de proporcionar información lisa y llana del porcentaje de supervivencia total. El riesgo relativo es una jerga estadística que permite presentar el beneficio de recibir una intervención médica de manera que, aunque técnicamente correcta, tiene el efecto de hacer que la intervención parezca mucho más beneficiosa de lo que  realmente es. Si recibir un tratamiento hace que el riesgo del paciente descienda de un 4 % a un 2 %, esto puede ser expresado como un descenso del riesgo relativo del 50%.  Es un valor nominal que suena bien.  Pero otra manera de expresarlo, igualmente válida, es decir que ofrece un 2% de reducción del riesgo absoluto,  lo que resulta menos probable que convenza a los pacientes para que se apliquen el tratamiento.
Los pacientes no son los únicos a los que se confunde con el uso excesivo del riesgo relativo cuando se informa de los resultados de la intervención médica. Varios estudios han demostrado que también los médicos resultan frecuentemente confundidos con estos trucos estadísticos.  Según uno de tales estudios,  publicado por la revista British Medical Journal, la percepción del médico sobre la efectividad de los fármacos, y su decisión de recetarlos, está influenciada significativamente por la manera en que se le presentan las pruebas clínicas de estos fármacos. Cuando los resultados están expresados como una reducción del riesgo relativo, los médicos creen que el fármaco es mucho más eficaz, y están mucho más propensos a su prescripción que cuando los mismos resultados son presentados como una reducción del riesgo absoluto (Bucher 1994).
Otro factor que ensombrece el tema es la creciente tendencia de utilizar en las pruebas clínicas lo que llaman “”surrogate end points” como criterio por el que medir la efectividad de un protocolo quimioterapéutico. Eso en lugar de utilizar las únicas medidas reales que interesan a los pacientes: la prolongación de vida desprendida de la supervivencia total, y una mejor calidad de vida. Surrogate end points tales como “la supervivencia sin progresión”, “la supervivencia sin enfermedad”, o la “supervivencia sin recurrencia”, pueden reflejar tan sólo treguas temporales en la progresión de la enfermedad. Esta estabilización temporal de la enfermedad, si es que acaba ocurriendo, apenas dura como mucho algunos pocos meses. Lo típico es que el cáncer regrese, a veces con vigor renovado, y la supervivencia no resulte más larga tras esas intervenciones. Sin embargo, los ensayos en los que se informa en términos de surrogate end points pueden crear la ilusión de que las vidas de los pacientes desesperadamente enfermos quedarán alargadas de forma significativa, o que serán más llevaderas gracias a la quimioterapia, cuando en realidad no es el caso.
Ante la naturaleza altamente polémica de los hallazgos de este estudio,  lo que cabría esperar es que hubiera recibido una vasta atención internacional.  En lugar de eso, la reacción de los medios informativos quedó ampliamente limitada al país natal de los autores: Australia. El estudio casi no recibió difusión en Estados Unidos.  De hecho, a pesar de que el documento apareció en diciembre del 2004,  fue de escasa difusión incluso en los antípodas. Los autores fueron entrevistados por la ABC (Australian Broadcasting Corporation) para el programa Informe sobre Salud  en abril del 2005. Pero este decisivo informe no llegó a la atención de la mayoría de médicos hasta que un revista de práctica médica de gran difusión, el Australian Prescriber, escribió una editorial sobre el estudio a principios del 2006.
En mi opinión, esta puntualización se carga a la quimioterapia a través de una  alabanza timorata. En realidad viene a confirmar el mensaje central del estudio de los tres críticos. Si la mejor defensa de la quimioterapia que la oncología ortodoxa puede aportar es que puede realmente ser efectiva sobre un 5 ó 6 % de pacientes con cáncer, en lugar de tan sólo un 2%, probablemente haya llegado el momento de una reconsideración radical sobre el extendido uso de esta tóxica modalidad de tratamiento del cáncer. Tanto la cifra del 2 como del 6% son un impacto para muchos de los pacientes a los que se ofrece este tipo de tratamiento, y debería generar serias dudas en las mentes de los oncólogos acerca de la ética de ofrecer la quimioterapia sin explícitamente alertar a los pacientes sobre sus pocas perspectivas de éxito.
El Dr. McCormack tomó como ejemplo las recetas del fármaco bisfosfonato para el tratamiento y prevención de la osteoporosis… pero sus comentarios se aplican de forma idéntica a la utilización de fármacos anticancerígenos. La revista en cuestión había escrito que uno de estos fármacos obtenía casi “un 50% de disminución” en el riesgo de nuevas fracturas. El Dr. McCormack, como si se dirigiera a un paciente hipotético, reinterpretó esta afirmación en términos de riesgo absoluto: “Sra. Jones, su riesgo de desarrollar una fractura en los próximos tres años es aproximadamente de un 8 %. Si se toma diariamente un fármaco durante los próximos tres años, este riesgo puede reducirse de un 8 $ hasta un 5%, o  sea una diferencia de apenas un 3%”. Desde luego, esto suena menos impresionante que decir que el fármaco disminuye el riesgo de fractura a casi la mitad, incluso aunque ambas sean maneras matemáticas correctas de expresar el beneficio a obtener con la terapia.
 
 



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